Me heriste de muerte y te alejaste cuando viste el río de sangre a tus pies.
Cerraste la puerta de un golpe, reíste cínicamente al darte cuenta de lo que tu boca me había hecho.
Me quitaste el cielo y me regalaste un desierto. Me quedé descalza, mis labios resecos y caminé sola mucho tiempo.
Un éxodo fuera de la tierra prometida que era tu existencia para mí. Luego la vida me regaló oasis, me regaló nubes llenas de lluvia y un mar bermejo.  Me causaste una llaga de los pies a la cabeza, ahora huele a rosas, ya no sangra, pero la cicatriz permanece como una gran estría que adorna mi presente.  
Tú no tienes la culpa de que te haya querido tanto, es sólo que todos mis polos iban a ti, tu aura como un gran imán, toda mi magia te llamaba.
Me heriste de muerte, me disparaste mil balas, eras la daga más afilada para mis venas hambrientas.  Me heriste y no me diste muerte, mediocre verdugo, mediocre victima.
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